Se presentó hoy en la Fundación esta novela para niños (y todo el que guste leerla) titulada "Los Ojos de Lía" escrita por Yuri Herrera bajo el sello de la editorial Sexto Piso. Además de las palabras dirigidas por la Dra. Irma Gutiérrez, lo más destacable del evento fue la participación y asistencia de muchos pequeños que estuvieron atentos a los fragmentos del libro narrados en la voz del locutor y escritor Eduardo Pérez Espinoza, mismos que hicieron importantes preguntas al autor acerca de su obra. "Los Ojos de Lía" es una novela infantil que narra la visión de una niña acerca del mundo en el que vive, de ahí la importancia de sus ojos. Yuri Herrera destacó que además de la fantasía, es positivo abordar a través de la literatura temas importantes y difíciles como la violencia, los cuales no se tratan comunmente con la verdad en las escuelas y las familias de nuestra sociedad. Una obra altamente recomendable tanto para los más pequeños que se inician en el mundo de la literatura, como para sus padres.
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viernes, 20 de julio de 2012
martes, 17 de julio de 2012
"Los Ojos de Lía" de Yuri Herrera
Sobre el autor
Originario de Actopan, Hidalgo, estudió Ciencias Políticas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y la maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas, en El Paso (UTEP). Es Doctor en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de California, en Berkeley, y editor de la revista literaria El perro.
Su primera novela, Trabajos del reino, obtuvo en 2003 el Premio Binacional de Novela Border of Words y convirtió a Herrera en uno de los escritores latinoamericanos más prometedores. La novela, editada también en España (Periférica, 2008) recibió el I Premio 'Otras Voces, Otros Ámbitos', a la mejor obra de ficción publicada en España, por un jurado de 100 personas, entre ellos, editores, periodistas y críticos culturales.1
Elena Poniatowska calificó su prosa como "fulgurante" y a la novela como una entrada "por la puerta de oro en la literatura mexicana".2
Su segunda novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2009) ha sido considerada como la confirmación de uno de los jóvenes escritores mexicanos más relevantes en lengua española.
En 2011, su obra será traducida a más cinco idiomas en Europa. La antologadora e hispanista alemana, Michi Strausfeld, que se encarga de la selección de literatura de Latinoamérica en la editorial alemana Fischer, declaró recientemente que Herrera utiliza una “prosa poética cincelada, maravillosa, donde cada palabra tiene su propio peso”, siendo "el Rulfo del siglo XXI".
Herrera también se ha desempeñado como profesor de Narrativa y de Teoría literaria en el departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y del departamento de Lenguas y Estudios Culturales de la Universidad de Carolina del Norte, en Charlotte.
Ha publicado cuentos, artículos y ensayos en El Financiero, Etcétera (México), La Voz (Argentina), Border Senses, Rio Grande Review (El Paso, Texas) y Lucero (Berkeley, California), entre otros medios.
Actualmente es "posdoctoral fellow" en el Departamento de Español y Portugués de Tulane University en Nueva Orleans.
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“El regreso de las aves” de Cohutec Vargas Genis
Presentación del libro “El regreso de las aves” de Cohutec Vargas Genis, próximo miércoles 18 de Julio del 2012 18:00 hrs., Entrada libre. Será un gusto enorme contar con su presencia.
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domingo, 7 de agosto de 2011
El músculo del futuro
Es la imaginación, dice el autor del siguiente ensayo. Propone conciliar al mundo con nuestros deseos y miedo, sin dejarse llevar por tanta información incomprobable. Imaginar es romper con cierto orden y la columna vertebral del arte y la literatura.
Un hombrecito con poder y un ábaco afirma que la violencia bajará recién en el año 2018. Le creemos. Un periodista desengañado del optimismo afirma que todavía, antes de que el presidente que usa tallas extra grandes abandone Palacio, habrá muchisísimas víctimas más. Un científico dice que el primer ser humano que alcanzará los 150 años de edad ya ha nacido. Un lector de noticias en la tele asegura que para el próximo año todos estaremos usando corbatas más gruesas. Un economista pontifica que no hay más vía que la vía que nos han recetado y que a lo mejor en cuatro, cinco décadas tendremos la mitad de pobres de los que hoy tenemos. Un agrónomo teme que dentro de un siglo ya no habrá agua. Un cineasta aventura que habrá alimentos, pero que seremos nosotros mismos. Les creemos, a todos les creemos. O no. Pero si no les creemos es porque comienza a darnos la impresión de que no tenemos cómo verificar tantas proyecciones, y entonces dejamos que sean otros los que construyan la realidad que viene, los que definen el futuro. Nos convertimos en clientes de lo que deliran unos desconocidos, pero no necesariamente porque tengan —como nadie nunca lo ha tenido en la historia de la humanidad— el secreto sobre el porvenir, sino porque hemos permitido que otros detenten el monopolio de la imaginación. Como si hubiera un carrito que se pliega y se mete por todas partes —hasta al baño, hasta la recámara—, merced al cual ya no tuviéramos que usar los pies, así la maravillosa cantidad de información con que hoy contamos parece haberse constituido en una prótesis de imágenes, un disco duro con el que contamos para ya no figurarnos cómo puede ser el mundo. Tanta información parece a veces haber sustituido nuestro diálogo interno: el complicado proceso de pelearnos con nosotros mismos, hacer y romper planes, intrigarse, especular y decidir ponernos en movimiento. ¿Nos hemos ido quedando callados? Finalmente podemos saber todo lo que siempre quisimos saber, pero a ratos parece que nos ha servido no para ir a buscar más, sino para conformarnos: conformarnos con la violencia, con la pobreza, con la manipulación, con el paso inexorable del tiempo sobre el que no tenemos poder. A veces parece que nos hemos echado boca arriba a mirar el tirol y que nada se nos ocurre.
Hay razones para explicar la apatía y el derrotismo. Por dos siglos la idea de progreso fue la brújula que guió la construcción de ideologías, sistemas políticos, instituciones. Y dio muchos frutos. La convicción de que la humanidad se movía hacia delante permitió la instauración del voto de las mujeres, la creación de los organismos de seguridad social, que la ciencia sustituyera a la superstición como principio del sistema educativo, y la abolición de la pena de muerte en casi todos los países; entre muchos otros logros. Sin embargo, el progreso no sólo no acabó con las guerras sino que trajo guerras en las que los adelantos tecnológicos permitieron matar mucho más eficientemente, a mucho mayor escala; no sólo no acabó con el hambre sino que hizo más obscena la disparidad entre el consumo desmedido y la cantidad de gente hambrienta; y no sólo no acabó con el despotismo, sino que trajo nuevas formas de opresión camufladas, desde todos los ángulos del espectro político, bajo las ideas de la búsqueda de la libertad, de la felicidad, de la justicia. Las mejores ideas de algunos de los mejores individuos se convirtieron en pesadillas para generaciones enteras. Sin embargo, aunque ya hemos entendido que cuando se pretende imponer modelos de felicidad los guardianes de estos modelos invariablemente se vuelven violentos y ciegos, eso no significa que debamos renunciar a hacernos cargo de nuestro porvenir. No hay un plano detallado que nos indique dónde doblar o dar vuelta en u, ni cuánto tardaremos en llegar al paraíso en auto, a pie o en transporte público; pero sí es posible decidir cuál es el punto cardinal hacia donde pondremos ruta. Y ello comienza con el acto simple de concebir que casi todo puede ser distinto: la manera en que nos gobiernan o en que nos dejamos gobernar; el modo en que construimos las ciudades; la manera en la que hablamos. Si en este momento cada uno de los aquí presentes decide figurarse cómo es el rostro de la persona
cuya nuca observa, podrá representárselo como se le pegue la gana. Colmillos vampirescos en ese señor tan formal; una nariz que se enrolla y desenrolla en esta quinceañera; un niño con ojos de serpiente y párpados dobles. Podemos imaginarlos como queramos; cuando esa persona se vuelva y descubramos cuán mucho o cuán poco se parece a lo que habíamos inventado, la correspondencia entre ese rostro y el rostro en nuestra mente será lo de menos; lo importante es que habremos descubierto algo acerca
de nosotros mismos, de nuestros prejuicios, de nuestras expectativas, de qué entendemos cuando hablamos de la diversidad en el mundo.
Así con el futuro. El futuro no es un mero accidente, ni una suma de imperativos. Uno lo traza a partir de ciertas condiciones y negocia con ellas para acercarse al ideal. Pero antes de dar el primer paso, antes de hacer el primer movimiento muscular que millones de momentos infinitesimales después se convertirá en el primer paso, imaginamos. Imaginamos aun cuando no nos lo hayamos propuesto, pero es mejor si nos lo proponemos, porque entonces tenemos más claridad sobre lo que hay que hacer. Imaginar es romper con un cierto orden, el de las cosas ajenas, y concebir un orden propio; imaginar es conciliar el mundo con nuestros deseos y con nuestros miedos; imaginar es la íntima declaración de soberanía que todos podemos hacer sobre el universo. Eso que llamamos realidad no es un objeto imperturbable, sino la materia que moldeamos con la imaginación. Cada lugar en el mundo está esperando que le demos, una y otra vez, nuevos nombres, como corresponde a nuevos seres humanos.
Y ésa es la columna vertebral del arte. Proponer nuevos nombres, prescribir nuevas lentes, inventar nuevos sonidos o colores insólitos para las cosas que creemos estáticas.
El motor del arte es la inconformidad, pero sus frutos van más allá del arte mismo, están en lo que genera cuando ya hemos terminado de leer, escuchar, o mirar: imágenes irrepetibles de lo que somos. Una y otra vez he dicho que la literatura no puede crear hombres buenos, pero que sí puede crear ciudadanos reflexivos, y alguien que reflexiona está más cerca de ser un sujeto respetuoso que alguien que piensa que ya lo sabe todo, que todo es como es, que nada puede cambiar. Los anarquistasdecían: “Sed realistas ¡exigid lo imposible!”. Precisamente porque la realidad es algo que construimos a partir de
lo inconcebible, es un edificio que requiere del músculo de la imaginación. Antes de internet Isaac Asimov, entre otros, ya había concebido en El sol desnudo un aparato para mirarse y comunicarse a distancia; antes de Neil Armstrong, mucho, mucho antes, Julio
Verne ya había mandado hombres a la Luna; antes de que llegaran al poder los irresponsables que nos han gobernado últimamente, Jorge Ibargüengoitia ya había esclarecido que el problema no era sólo la horrorosa corrupción priista sino lo cómodos que nos sentimos con ella. ¿Cómo hacemos entonces para cambiar esto, para conjurar
el desastre, para ser distintos? Lo hacemos recordando que “esto” no se detiene, nunca, pero que es necesario darle dirección, y que la dirección la decidimos nosotros.
Es decir, lo hacemos imaginando. Y los libros son el mejor ejemplo de cómo se puede reconstruir el universo a partir de una página en blanco, desde una habitación solitaria, sin más apoyo que una pluma o un teclado pegostioso. La literatura fortalece la noción de que las cosas pueden ser distintas, aún cuando lo haga molestándonos –o yo diría: sobre todo cuando lo hace molestándonos: el arte no está para hacer feliz a nadie, sino para perturbar los cimientos de nuestra “normalidad”. Hubo una época en la que se consideraba que había “lecturas para jóvenes” y “lecturas para adultos”; fórmula que servía para darles a los jóvenes textos que, supuestamente, protegían su inocencia (aunque algunas de ellas fueran de una perversidad más que evidente,
como, por mencionar un clásico, “Caperucita roja”, cuento en el que pederastia, secuestro, bestialismo y violencia explícita se conjugan exitosamente); esta división
además se negaba a ver algo que ahora ya sabemos: que los niños, faltos de justificaciones tramposas, entienden mejor que los adultos la dimensión de las cosas más
graves de la vida: cuando se alegran se alegran en serio, cuando lloran no dejan de hacerlo para guardar las apariencias. No sé si las generaciones de infantes hoy en día sean mejores o peores que las de antaño —me inclino a pensar que hay mejores y peores en cada época—, lo que sí sé es que la cantidad de programas de televisión, noticias sin filtro y diálogos a los que se ven expuestos, los han preparado mejor que nunca para acercarse a cualquier tipo de literatura. Quiero mencionar algunos textos que se me quedaron grabados y que de un modo u otro definieron mi visión del mundo. Recuerdo “Harrison Bergeron”, el cuento de Kurt Vonnegut, el hombre que se convirtió en la conciencia de la sociedad estadounidense después de Vietnam, en el que se habla de una sociedad en la que nadie destaca sobre nadie, para evitar que otros se ofendan o se sientan abusados. Así, el Estado le implanta a cada ciudadano un aparato para disminuir eso en lo que podría tener ventaja. A George, uno de los protagonistas, le han implantado un pequeño radio que emite un sonido doloroso cada 20 segundos, para que él no pueda utilizar la inteligencia con la que ha nacido. El hijo de George, Harrison, es un rebelde a quien le gusta bailar. Harrison escoge una novia, toma una estación de televisión y decide bailar como nunca el público había visto bailar a alguien: literalmente quiere conquistar el mundo bailando… hasta que es sometido violentamente.
Recuerdo “Afuera”, un cuento de Brian W. Aldiss, en el que se narra cómo un grupo de hombres y mujeres están encerrados en una casa donde cada cual tiene asignado un rol que no cuestionan, aunque no sepan de dónde han venido todos ni para qué están ahí. Hasta que uno de ellos intuye un día que hay algo más, que hay un afuera, y sale de la casa, y al salir, es decir, al atreverse a romper con su seguridad, descubre que es un monstruo y que no hay vuelta atrás. Recuerdo los sonetos que escribía Sor Juana, acosada por poderosos hombres imbéciles amenazados por su inteligencia; Sor Juana, a la que no la detuvo ni ser mujer en una época oscura para las mujeres –como casi todas las épocas– ni vivir encerrada en un convento, escribió:
“Que contiene una fantasía contenta con amor
decente
“Detente, sombra de mi bien esquivo,
“imagen del hechizo que más quiero,
“bella ilusión por quien alegre muero,
“dulce ficción por quien penosa vivo.
“Si al imán de tus gracias atractivo
“sirve mi pecho de obediente acero,
“¿para qué me enamoras lisonjero
“si has de burlarme luego fugitivo?
“Mas blasonar no puedes, satisfecho,
“de que triunfa de mí tu tiranía:
“que aunque dejas hurtado el lazo estrecho
“que tu forma fantástica ceñía,
“poco importa burlar brazos y pecho
“si te labra prisión mi fantasía”.
Ciencia ficción y poesía. ¿Qué podría haber más alejado de la realidad, diría un adulto mezquino y temeroso? Lo que no entienden los que opinan así es que la literatura sólo da un paso atrás respecto de la realidad para mejor saltar sobre ella sin darle oportunidad a quitarse. Así, Vonnegut nos ilustra lo que es vivir en una sociedad en la que se condena la independencia y en la que ser demasiado alegre es motivo de sospecha; Aldiss muestra
las consecuencias de abrir los ojos y descubrir que somos distintos, irremediablemente distintos a aquellos que quieren mantenernos siempre en el mismo lugar; y Sor Juana
dice que a pesar de las trampas, de los juegos perversos, nadie puede quitarle el poder de fantasear, que es el poder de adueñarse íntimamente de quien desee.
Cuidar la riqueza Dicen que la cultura escrita morirá a manos de las pantallas de plasma, pero hoy veo que la gente escribe más que nunca, en sus teléfonos, en sus computadoras, en sus computadoras-teléfono, en las paredes, con los tatuajes en su piel. Si el libro, en su formato actual, deja de tener el monopolio de la cultura, le rendiremos un homenaje y no nos lamentaremos más: la lectura, a fin de cuentas, no es algo que suceda en el papel, sino en la cabeza, sea cual sea la plataforma que conduce las palabras a ella.
Cabezas nutrida de sorjuanas, cerebros perturbados por ibargüengoitias, necesitamos más de estas mentes y menos señoritos bienportados. Eso creo; y eso creo porque la cultura no es un adorno, no es una lindura con la que se animan las veladas de buena sociedad, y, sin duda, a ver si aquí se entiende o hay que decirlo con más claridad: sin duda es mucho más que una atracción turística: “cultura” viene de “cultivo”, cultura es
saber cuidar la riqueza de la tierra; y en nuestro caso, en nuestro tiempo, eso significa saber construir otro tipo de hábitat, saber elegir otra clase de políticos, saber dialogar entre nosotros de otra manera, con firmeza de ser necesario, pero con más ganas de entender qué es lo que se fermenta en la cabeza de los otros.
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miércoles, 13 de julio de 2011
Talleres de Verano: Grabado y Expresión Literaria
El grabado es un tipo de arte plástico que, generalmente, se hace trabajando una plancha la cual se entinta y se presiona sobre papel para obtener una impresión.
El grabado es una obra de arte, múltiple pero original, ya que no es copia ni sustituto de otra obra. Se considera original cuando cumple con las siguientes condiciones:
- El artista dibuja y trabaja la plancha;
- El artista o un artesano bajo su dirección entinta la plancha y hace la impresión;
- Al finalizar la obra, el artista revisa el resultado final, la enumera y la firma.
Para hacer grabado existen diversas técnicas, y las más importantes son: monotipia, relieve,intaglio, planografía y el estarcido o serigrafía.
La Expresión Literaria para niños es importante porque les brinda el poder de imaginar y después expresarlo de forma creativa, este taller es un espacio para que el niño pueda ser escuchado y respetado en sus opiniones y pensamientos, además de participar en actividades grupales, el niño o la niña escribirá, construirá y presentará su propio libro :O
Esto y más ofrecen los talleres de verano en la fundación.
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lunes, 4 de julio de 2011
Mi Primer Libro: Taller para niños cuenteros.
Invitamos a todos los niños escritores, comunicativos y cuenteros a que participen en este taller de verano que ofrece la Fundación Arturo Herrera Cabañas en cooperación con la Editorial Artesanal Independiente de Pachuca "Nuestro Grito Cartonero", en este curso podrán escribir, construir con sus propias manitas y presentar ante el público un libro escrito por ustedes mismos, libro que contendrá cuentos, poemas, dibujos o lo que quieran decir. El curso inicia el 11 de julio y termina el 5 de agosto de este año 2011.
También se ofrece apoyo en temas como:
- Juegos y dinámicas grupales de socialización.
- Comprensión de la lectura.
- Lectura en voz alta.
- Redacción y ortografía.
- Participación y creatividad.
- Expresión oral y escrita.
Tallerista: Rocío Elizabeth Rivera, estudiante de psicología, escritora y colaboradora de la editorial artesanal independiente Nuestro Grito Cartonero, de Pachuca.
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domingo, 19 de junio de 2011
Talleres de verano 2011
Invitamos a niños y jóvenes a los cursos de verano que ofrece la Fundación Arturo Herrera Cabañas para que no se queden en casa viendo la televisión y ocupen ese tiempo en conocer, divertirse y aprender. Informes e inscripciones en la oficina de la fundación o al teléfono 7152567.
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domingo, 8 de mayo de 2011
La Literatura crea Ciudadanos Reflexivos: Yuri Herrera.
Durante la presentación del libro No incluye baterías, del escritor oriundo de Ciudad Juárez, Alejandro Páez Varela, el literato Yuri Herrera considera que en Hidalgo la violencia del narco ha aumentado pero, aclara, siempre ha existido.
“La literatura no puede por sí misma crear hombres buenos, pero sí ciudadanos reflexivos”, afirmó Yuri Herrera, escritor hidalguense nacido en Actopan, al ser cuestionado sobre cuál sería la función de la literatura en el tema de la violencia que se vive en la actualidad.
Dijo: “Creo que quien se acerca a leer un libro está haciendo algo que requiere voluntad de pensar. Y nadie garantiza cuáles serán las ideas resultantes de ese proceso, pero por lo menos es alguien que ya está apostándole a la reflexión. La literatura tiene un efecto a mediano y a largo plazo, y yo espero que la buena literatura que se está produciendo en este momento tenga repercusiones en las siguientes generaciones”.
Sobre la violencia que se vive en Hidalgo, refirió que a pesar de estar fuera, es fácil enterarse de que ésta ha ido en aumento exponencialmente, o que por lo menos se ha dado a conocer más de lo que se hacía antes.
Afirmó que vale la pena señalar –y según dijo es algo de lo que nos olvidamos–que Hidalgo es un lugar donde existe una tremenda violencia previa a la causada por el narcotráfico: la violencia relacionada ver con los caciques en la Huasteca, la que tiene que ver con la delincuencia organizada integrada por los porros durante los años 80. “Hay toda una serie de otras expresiones violentas que no comienzan nada más con esto del narco”, manifestó Herrera.
“En el estado no podemos resolver solos un problema que tiene que ver con una dinámica nacional, incluso con una dinámica global. Creo que son muchísimos los elementos en los cuales se tiene que trabajar: en crear un sistema de impartición de justicia trasparente y eficaz, en garantizar que ya no haya impunidad, en una paulatina legalización de las drogas, en un combate a la pobreza, en una promoción del empleo como no se ha dado de manera seria que evite que la gente deba recurrir a los criminales para ganarse la vida, entre muchos otros temas.”
Las anteriores declaraciones se desprenden de la presentación del libro No incluye baterías, de Alejandro Páez Varela: “Me invitaron a hablar de este libro que trata de diversos temas: en primer lugar de la violencia que hay en el país, de la responsabilidad que tienen los ciudadanos y el gobierno, pero más allá de eso habla un poco de cómo se construye la subjetividad de alguien que está viviendo eso”.
Refirió que en esta publicación está hablando el periodista desde su experiencia profesional, pero también desde su experiencia como ciudadano para el cual la violencia es algo cercano y que afecta la manera en la cual se relaciona con su gente querida y consigo mismo.
Herrera refiere que esta obra sirve para plantear la interrogante de cómo construir algo bello y algo que nos permita reflexionar, a partir del horror: “Esta es una de las preguntas con las que yo me encuentro frecuentemente: ¿Cómo se puede hacer arte a partir de algo tan horroroso que está sucediendo? Como si hacer arte a partir de algo terrible fuera a quitarle lo terrible. Creo que no es así, sino que la función del arte es incomodar a la gente y confrontarla justamente con estas paradojas”.
Dijo que Páez Varela habla desde la perspectiva del individuo para el cual la violencia no es algo que sucede en los periódicos o más allá de su propia casa: la violencia es algo personal. “Es algo que nos afecta, que construye nuestra manera de mirar el mundo”.
De Ciudad Juárez a Pachuca
Alejandro Páez Varela, escritor nacido en Ciudad Juárez y quien se ha desempeñado como periodista en diversos diarios del país, presentó ayer su libro No incluye baterías en las instalaciones del Consejo Consultivo Ciudadano.
Este libro es es un viaje al norte de México, más precisamente a Ciudad Juárez, donde el cronista nervioso que ha escrito el libro ha visto su origen convertido en el escenario de las calles más inseguras del mundo, en uno de los centros de la guerra contra el narcotráfico en el país.
El recuerdo de los muertos, los crímenes del narco, las voces irritadas de los habitantes de Juárez resuenan en estas páginas a través de la conmemoración de los ausentes: “Algunas veces he contado cómo vi a toda una generación de mi barrio en Ciudad Juárez morir o derrochar sus vidas a causa del narcotráfico”.
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